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Historias de una corredora
Y, ahora... ¿qué?

Y, ahora... ¿qué?

Raquel González
2/3/22
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Era el mes de abril y mi pareja, mi tándem, mi igual, mi compañero de cama de los últimos 15 años, no pasó la noche en casa. Con una mochila a la espalda, paso firme y expresión seria, cerraba la puerta tras de sí, dejándome una cama casi tan fría como su noche. Mis ojos se arrastraron tras su sombra, deshaciéndose entre punzadas de ternura, preocupación y orgullo, igual que debieron mirar aquellos que desde algún puerto, andén o descansillo vieron alejarse a quien más querían, hacia el campo de batalla.

Así fue que con la misma ilusión y miedo de un niño, y tanto de lo uno como de lo otro, se fue de casa.

Era su primera ultra.

Para los recién llegados, explicaré que en este contexto y locura de los últimos tiempos, con “ultra” me refiero a una modalidad de carrera por montaña, con distancias superiores a 50 kilómetros y más bien, como considerarían los curtidos en estas lides, aquella que supera los 80 o 90 kilómetros.

Excepciones aparte, quien más y quien menos, fuera de esta pasión que nos une, se ve abocado cada inicio de semana, a una mesa de oficina, un despacho, una línea de producción… algo muy alejado del entusiasmo en la montaña. Y tras una ultra, con su noche o dos sin dormir, más la anterior que tampoco dormimos por los nervios y la de después porque no nos deja el propio cansancio, el lunes sufrimos el shock térmico de volver a nuestras obligaciones y las emociones vividas se nos hielan en medio de reuniones de trabajo, informes de costes y ratios de producción.

Yo que llevo una banda sonora incorporada, con una base que se repite familiar y me identifica, como cuando reconocemos un clásico del cine antes por la primeras notas que por la escena, y compases que preparan y anticipan lo que va a ocurrir, y piezas centrales para los momentos culmen… tengo una que resuena en mi cabeza y me sacude a través de buffles internos, cada lunes que después de una ultra, recorro el pasillo que lleva a mi despacho. Un minuto de gloria, subida a unos tacones aunque me quemen los cuádriceps, mis piernas avanzando decididas son las de Tina Turner y se desgarra ensordecedor en mi mente con todo su carácter, You are simply the best. Es un “momentazo”, qué queréis que os diga. No creo que nadie pueda imaginar lo que me está pasando entonces, y eso me divierte. Hago mi entrada triunfal, revivo con intensidad la fuerza de los kilómetros devorados, la velocidad en las bajadas, la sensación de libertad, la ilusión desbordante, la confianza recogida a costa de lumbares, mi objetivo, mi meta… Y así, llego a la silla del despacho, y… hasta ahí…

Me desplomo.
Fin.

Ruido de superficie sobre el vinilo. El chasquido de un antiguo tocadiscos al cambiar de pista.

Y, ¿ahora?... ¿Ahora qué?

¿Cómo gestionamos esta bofetada, este vacío que se nos queda dentro?

Meses de preparar un objetivo, de girar universo, anverso y reverso, alrededor de esa carrera, y cuando el arco de meta cae sobre tus hombros y mecánicamente paras el crono en tu muñeca y compruebas una vez más la relatividad del espacio-tiempo y del dolor, cuando esto pasa… sobreviene una angustia creciente alentada de insatisfacción. Da igual que seas deportista olímpico, “pro”, amateur o del montón. Da igual que hayas conseguido o no, tu reto; decepción y euforia son cortoplacistas. Y en los casos más acusados, se asemejará mucho a un síndrome de abstinencia. Lo que nos hacía libres se volverá en contra nuestra, haciéndonos dependientes en la búsqueda exhausta de nuevos estímulos, objetivos más grandes, más dificultad, más kilómetros, todo lo que sea y suene más ultra, más extrem, más radical.

Los objetivos son el antídoto perfecto para nuestros vacíos, pero estrechar cada vez más nuestra existencia en una delgada recta que se precipite sobre ellos para atravesarlos uno tras otro en una incesante búsqueda de satisfacción, solo empequeñecerá nuestra vida y ahondará el vacío. Si esa línea se quiebra, ¿qué nos quedaría?

Cuando la meta deje de ser un fin en sí mismo, empezaremos a disfrutar de un camino que ensancharemos y cuidaremos, invitaremos a amigos, probaremos nuevas rutas y distintos ritmos, fotografiaremos cada amanecer, porque cada sol es distinto y querremos compartirlo. No nos abalanzaremos sin descanso en la búsqueda desesperada de nuevos objetivos, porque éstos tendrán cabida en las pequeñas rutinas, se expandirán a cada una de las áreas de nuestra vida, en todas nuestras facetas enriquecerán los pequeños instantes, hasta esos en apariencia, carentes de emoción.

Después de 20 horas viviendo y respirando montaña en un reto que preparamos durante meses, el retorno cuerdo se asienta sobre las múltiples pequeñas cosas del día a día que hayamos ido mimando e impregnado de un propósito mayor.

¿Recordáis los escenarios de meta de algunas carreras? En todo su apogeo, con sus arcos coloridos que nos reciben, música, speaker y público animando, pantallas gigantes, el pódium preparado y exhibición de los trofeos. Es real y es espectacular. Pero en unas horas, se desinflan las quimeras, desaparece el decorado y en la mayoría de los casos queda una calle desierta tan común a otras, a lo sumo una plaza, una de tantas, de las que transitamos como autómatas sin más.

Ahora también, quizá… podáis recordar el mismo escenario de meta de algún lugar diferente, tal vez se me viene a la memoria (quién sabe por qué) el arco de meta en Sant Joan de Penyagolosa en Castellón. ¿Qué queda cuando se llevan la alfombra roja? Queda todo. Queda aún más. Se descubre, reafirma, respira y palpita a los pies del Gegant de Pedra, porque la grandeza está en la esencia misma de sus arcos y sus muros, de sus sendas, y en la historia de sus piedras y, no necesita engalanarse ni exhibirse para ser el lugar al que tantos anhelan llegar.

Procura que tus metas no sean un artificio que oculte calles desoladas, sino días de fiesta para celebrar una vida plena que respira, vibra y crece a cada paso.

Raquel González
Psicóloga y deportista especializada en psicología del deporte.
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